A pesar de que el nombre de Churchill resuena en todas las citas sobre democracia y defensa de la libertad, la realidad es que su inmensa figura está construida sobre una visión distorsionada de la historia. Considerado por muchos como el mejor estadista contemporáneo, el león británico se regía en lo personal por una ideología racista, mientras que en el plano político, seguía la máxima de conseguir la victoria bajo cualquier circunstancia y en el nombre del Reino Unido. Llevar la civilización a aquellos sitios donde –en sus propias palabras– sólo había “indios, bestias con religiones bestiales”.

Es curioso el puesto que otorga la historia oficial a Churchill como el hombre que tomó la decisión de acabar con los nazis, cuando el Primer Ministro confiaba en la superioridad racial de los blancos anglicanos sobre los demás, especialmente sobre las poblaciones de colonias británicas alrededor del mundo:

“No admito que ningún mal se haya hecho a los nativos indios de Norteamérica o a los aborígenes australianos. No admito que se haya hecho ningún mal a esta gente por el hecho de que una raza más fuerte, superior, una raza más sabia, por decirlo de alguna manera, haya llegado y tomado lo que le pertenece”.

Winston Churchill

Sin duda, el legado más importante de Churchill fue la invención y el uso sistemático de estrategias de terrorismo como el ataque militar a civiles, el bloqueo alimentario y las armas químicas desde el poder estatal –en desuso hasta entonces como estrategia sistemática–.

Uno de sus mayores crímenes contra la humanidad ocurrió durante la hambruna en Bengala, India, durante 1943. Tras la falta de alimento en la colonia británica, la cual dejó más de 3 millones de muertos por inanición, el Primer Ministro se encargó de ingeniar una operación para mejorar la golpeada economía inglesa mientras el final de la Segunda Guerra Mundial se aproximaba. Con los reflectores puestos en Hitler y el dramático avance del fascismo, el Reino Unido acumuló granos para comerciar en Europa y Churchill, además de la reconversión de la industria alimentaria india a una dedicada al armamento, ordenó hacer llegar granos únicamente a los soldados. 

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Al ser cuestionado sobre la falta de ayuda a su colonia, Leo Amery, Secretario de Estado de la India, escribió un telegrama solicitando el envío urgente de alimentos a la India. Churchill se limitó a responder escuetamente un no a la solicitud y finalizó la misiva con una trascendente pero oscura pregunta: “si la comida es tan escasa, ¿por qué Gandhi no ha muerto todavía?”.

Churchill utilizó la misma estrategia dos décadas antes, después de ser nombrado Secretario de Guerra y de que el Parlamento Británico intentara frenar infructuosamente el inmisericorde ataque con gas mostaza para sofocar la rebelión en Medio Oriente, que costó cerca de 10 mil vidas. El mismo escenario se repitió en 1919, cuando eligió las armas químicas para luchar contra los bolcheviques en el norte de Rusia. Ante la negativa del público contra el uso de gas con fines bélicos, el futuro Primer Ministro declaró:

“No entiendo esta aversión al uso del gas. Apoyo firmemente el uso de gas venenoso contra tribus incivilizadas”.

En la Segunda Guerra Mundial, Churchill utilizó grupos paramilitares y bombardeos a ciegas en poblaciones civiles alemanas para aterrorizar a la población. Comandos similares a los tristemente célebres Black and Tans, con experiencia desde el sanguinario sofoco de la revolución irlandesa en 1920 –presumiblemente comandados por el mismo Churchill– organizaron ataques nocturnos en distintas ciudades alemanas: Leipzig y Dresde fueron los blancos favoritos de la milicia y paramilitarismo británicos, ante un escenario con el Tercer Reich mermado por la ofensiva del Ejército Rojo y a semanas de la rendición incondicional.

dresde churchill winston

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El resultado final de ambas operaciones durante el 13, 14 y 15 de febrero de 1945 fue de más de 35 mil muertos, la destrucción de reliquias históricas y arquitectónicas en una ciudad industrial que jugó un papel secundario en la Alemania Nazi y la muerte de miles de heridos aliados. La historia de brutalidad se repitió en Kenia durante la Rebelión Mau Mau, cuando los soldados británicos sofocaron a sangre y fuego el deseo de libertad de los africanos bajo el mando de Winston.

[La polémica por la devolución administrativa de Barack Obama sobre el busto de Churchill en el Despacho Oval, tiene su génesis en este momento de la historia, pues las raíces keniatas del presidente norteamericano reconocieron de forma implícita el genocidio africano.]

Entre toda la historia olvidada, el legendario mito de Churchill cumple con una función discursiva plenamente identificada: En el imaginario colectivo, el Primer Ministro Británico se levanta como un gran estadista, paladín de la libertad y patriota inglés, quien decidió combatir heroica y resueltamente a las potencias del Eje en nombre de la democracia. Una óptima justificación ideológica para olvidar la frialdad característica de Winston y las prácticas terroristas que utilizó para mantener la política colonialista del Reino Unido hasta sus últimos días.

WinstonChurchill

Hoy la historia oficial cuenta cómo Churchill salvó a Inglaterra, Europa y el mundo entero de la escalada fascista-alemana tras “vencer” al Tercer Reich. El presente le guarda un nombre escrito con letras de oro, incluso entre los ciudadanos de a pie ingleses, quienes en 2002 votaron para nombrarlo el mejor británico de todos los tiempos por encima de científicos, músicos, pensadores y personalidades de cualquier ramo.

Sin embargo, no hace falta un análisis concienzudo para determinar cuál fue el motivo: Churchill es un héroe para el nacionalismo inglés, porque mostró la determinación y el coraje de un estadista íntegro para salvar a su país de una invasión y cambiar el curso de la Segunda Guerra Mundial. Las masacres en Kenia, Dresde, Irak, India y otras colonias inglesas, el bloqueo naval y los demás crímenes de guerra, pasan desapercibidos ante la historia oficial del Bulldog Británico, símbolo del poderío de la isla, Winston Churchill.

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Referencias:

Harvard Magazine
The Guardian
The Washington Post
The Independent

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Fuente: Cultura Colectiva