Dentro de la profunda y espesa oscuridad que llena la mente mientras uno duerme, los colores empezaron a brotar, a nacer de uno en uno y las formas crecían, giraban, subían al cielo, picaban el límite de mi imaginación. Una pared se puso junto a otra y un cuarto tomó vida. Una ventana turbia, sin sol, y llena de luz dibujaba los contornos. Me veía dentro de ese cuarto de paredes lisas y blancas y el piso de madera hacía música con mis pies al caminar. Naturalmente, esa necesidad de la imaginación de rellenar hasta el menor detalle: de poner el posible florero de cristal y los libros sueltos en el piso, la cortina recorrida y las cobijas de tonos claros y cuerpo ligero; e incluso, hasta un aroma a café que venía de algún lugar, se paseaba por debajo del techo.

nuestros cuerpos

Yo estaba tumbado en la cama, leía algo que sin duda me tenía fascinado, y asomabas menos de la mitad de tu cuerpo; te plantabas bajo el marco de la puerta y yo cambiaba el libro por trenzar nuestras miradas en una. Nos veíamos fuera del mundo y dentro del cuarto desobediente al tiempo y su ritmo. Nos soltábamos unas pequeñas y casi cínicas sonrisas mudas. Dejé el libro a un lado e irremediablemente tú caminabas descalza —porque siempre te paseabas descalza en la casa—; después de un salto te subías a la cama y nos acercábamos sin perdernos la vista. Dejamos las ropas en el suelo y mi brazo moreno parecía la tierra haciendo su movimiento de traslación sobre tu cintura blanca que era el sol.

nuestros cuerpos

Las bocas se abrieron como presas y la pasión que había encontrado en el libro y en lo hermoso de la vida, se liberaba con los besos que tu boca inventó. Imagino que sucedió algo similar en ti, pues tenías los parpados cerrados y no había mayor tranquilidad que la que contenía tu rostro en ese momento. Éramos inquietos y nos deslizábamos los dedos en la espalda y en la cara, en la cintura y las piernas, en tus pezones y en los cuellos. Siempre mi moreno con tu blanco. Los besos nunca terminaron ni mucho menos las expediciones a nuestros cuerpos y la luz de la ventana sin sol nunca bajó guardia; y sin saber cómo ni por qué razón, empezamos a flotar, y de golpe, ya no éramos dos cuerpos encontrándose y mucho menos seguíamos habitando el cuarto blanco, éramos un feto moviéndose al ritmo del cosmos en el cosmos.

Desperté con tu nombre en la memoria y soltándolo en los labios.

nuestros cuerpos

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Cuando alguien nos gusta a veces lo creemos ridículo, pero la timidez es un síntoma del amor, pues pareciera que nuestros ojos se asemejan con los del otro.

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Las fotografías que acompañan al texto pertenecen a Olivia Bee.

 

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