Diana Paris, recoge la biografía de Virigina Woolf para hablarnos de las lealtades al clan.

¿Cuál fue la dolencia que acompañó los 59 años de Virginia Woolf? La carga familiar que piedra a piedra juntó en las proximidades del río donde se arrojó. Su trastorno bipolar, las alteraciones reiteradas de sus percepciones, las largas fases depresivas alternando con la euforia delirante son algunas de las manifestaciones clínicas.

Delirios, pesimismo, estados maníacos, excitación rabiosa, culpabilidad extrema, irritabilidad ofensiva, autocrítica mordaz, pérdida de conciencia, esquema corporal alterado (“una sórdida boca y una sórdida tripa que pedían comida”), lentitud del pensamiento, desesperanza, pesadillas recurrentes, horror a la soledad, anorexia, amenorrea, migrañas, insomnio. Todos síntomas que expresan la gravedad de su cuadro. Y que aumenta en confrontación con la mirada de Leonard: “Virginia permaneció a través de toda su enfermedad, aun cuando estaba más insana, terriblemente cuerda en tres-cuartos de su mente. El hecho es que su locura estaba en sus premisas, en sus creencias.  O como ella misma dijera de sí: “¡Cuán inútil soy para este mundo! Egoísta, vanidosa, egocéntrica e incompetente”.

Lealtad al clan familiar

Hay vidas que llegan al mundo con la sobre exigencia de lealtad al clan. Los nombres y fechas en eco colocan al sujeto en una tela araña de resentires propios y ajenos. Cada quien halla la ruta de regreso a la libertad o se deja arrastrar por los fantasmas ancestrales. Ver y dotar de sentido consciente algunos episodios nos pueden salvar de repetir los infortunios de nuestros mayores. En el caso de V.W. la opción por el arte fue su tabla de salvación mientras no se dejó naufragar por las emociones más violentas.

Ser  escritor puede ser la máscara políticamente aceptable y socialmente correcta de convivir con la esquizofrenia, algunos lo consiguen. Otros, fallecen en el intento cuando se les cruza en el camino la bien pensante ayuda médica con su botiquín de prozac y diazepán.

Adormecidos los demonios, aquietadas las furias, todos somos más “aceptables”, pero la creatividad -desorientada entre fármacos, ingresos hospitalarios y diagnósticos condenatorios- el destino se reduce a escoger un puñado de piedras, llenar los bolsillos del abrigo y arrojarse al río más cercano.

V.W. fue consciente de sus alteraciones mentales, de su carácter bipolar y de la inadecuación a la realidad en la que trató de acomodarse. En el ensayo Sobre el ser enfermo  describe cómo la enfermedad modifica las rutinas y las percepciones de la vida cotidiana: las cosas que antes se  ignoraban o se daban por sentado toman otro sentido, otro espesor. “Considerando cuán común es la enfermedad, qué tan tremendo es el cambio espiritual que conlleva, lo asombroso que es cuando las luces de la salud se apagan, los países ignotos que se revelan, qué desiertos y yermos del alma un ligero ataque de influenza muestra, qué precipicios y céspedes rociados con flores brillantes una leve fiebre produce, qué antiguos y obstinados robles son desenterrados por la acción de la locura”.

Fuente: http://bit.ly/2uxRyic

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