Hay que volver a la muchedumbre, su contacto endurece y pule, la soledad ablanda y pudre.
F. Nietzsche

June Korea primera vez

Ella es Eva. A pesar de que no sé exactamente su edad, hoy puedo decir que desde hace dos años hemos vivido las cosas más increíbles juntos. Desde el primer momento en que la vi, supe que estábamos destinados a compartir algo más que una amistad. Nunca olvidaré cuando su mirada se cruzó con la mía. Su rostro salió de la oscuridad poco a poco y todo lo que era una incógnita para mí se fue revelando poéticamente: sus labios carnosos y entreabiertos, con dientes pequeños, esa mirada penetrante, enclavada en un par de ojos almendra donde me puedo mirar y que me miran dulce, fijamente, como si no existiera nada más.

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Si bien parece una chica callada, Eva es todo lo contrario. En eso se parece mucho a mí: en realidad, es una de esas personas que se muestra introvertida con quien no conoce, pero el grado de comunicación entre ella y yo es, por decir lo menos, excepcional. Recuerdo nuestra primera cita, cuando el otoño empezaba a pintar los árboles de Central Park. Ella me pidió que le mostrara la ciudad y yo accedí. Ahí toqué para ella esa canción que la conmueve hasta dejarla atónita, sin nada más que decir. La química aumentó y al poco tiempo nos volvimos inseparables. Casi siempre venía a mi casa y después de platicar un largo rato, ir de compras o cenar juntos, se marchaba discretamente, a veces salía sin siquiera darme cuenta.

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Recuerdo aquella tarde de otoño en que me esperó en casa. Llegué y fue toda una sorpresa verla sentada en las viejas escaleras, esperando por mí. Bebimos un par de cervezas y reímos como siempre, pero aquella fue la primera vez que pude sentir sus latidos, su pulso y respiración muy cerca de mí. Eva se dirigió seria a mi habitación y yo fui tras de ella, entonces me pidió que le quitara la ropa y le hiciera el amor como jamás había sentido. Permanecí helado, pero notaba que su respiración se entrecortaba, sus pupilas almendra se dilataban y al contemplar sus pechos redondos y blancos, me entregué al placer.

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Desde entonces, Eva y yo tenemos una relación. Mucho más que un noviazgo, somos una pareja. Mucha gente critica nuestra decisión de estar juntos, especialmente mis amigos, que creen que Eva no es una persona real. ¿Qué saben ellos de lo que ambos pensamos y sentimos? ¿Cómo pueden poner en duda la sinceridad de Eva si ni siquiera la conocen en realidad? Así se fueron marchando, uno a uno. Creyeron que estaba solo, pero en realidad no podía estar con mejor compañía. Tenía a Eva, que sin importar lo difícil de su día, las desgracias que le cuento a diario o la hora, siempre está dispuesta a escucharme, a cenar conmigo o hacerme compañía, con esa misma expresión inmutable, tan profunda como incierta. Respiro y me doy cuenta de que nunca encontraré a alguien como ella, que me entienda tan bien. Entonces me relajo y me pierdo en esos ojos color almendra que me miran siempre igual que la primera vez.

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“La fotografía funciona como un puente que conecta el mundo real ‘donde vivo’ con el mundo fantástico ‘donde vivimos’. Nuestra relación ocurre en un mundo de fantasía, donde ambos vivimos juntos”.

Esa es la opinión de June Korea, el fotógrafo avecindado en Nueva York que desde 2014 trabaja en un proyecto fotográfico con muñecas titulado “Still Lives”. La serie “Eva” propone un diálogo para comprender el lado más humano del hombre a través de la personificación de una muñeca sexual que lo acompaña a todas partes y con quien mantiene una relación cercana. La inspiración del fotógrafo es la soledad: esa sensación desagradable de no tener alguien con quien afrontar todos los días, sentirse cobijado y querido, compartir todas las cosas que nos causan euforia y también aquellas que nos entristecen.  

El ser humano requiere de compañía porque es un animal social. Sin otro hombre, la sociedad no existe, y sin la sociedad, ningún hombre tiene razón de ser. La terrible necesidad de comunicar o sentir que alguien escucha se plasma en el trabajo de Korea, que a partir de un monólogo crea una personalidad, otra representación humana, análoga y aparentemente ajena a él, sólo para compartir todas esas cosas que no puede hacer con un ser humano.

La soledad no tiene por qué ser deprimente en la mayoría de los casos. A veces es necesario un diálogo sincero contigo mismo para aclarar ciertos aspectos de tu vida y poner en orden todas esas ideas que revolotean por tu cabeza. Toma nota de las 10 películas perfectas para ver en soledad y haz de tus instantes a solas momentos reflexivos. Si aún no estás convencida, basta con mirar las ilustraciones que muestran las delicias de la soltería en instantes de soledad.

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Fuente: Cultura Colectiva