El arte no es para todos. Precisa de reflexión, cuestionamiento. Es necesario ver mucho más allá de los colores y las formas; trascender los trazos, superar las fronteras impuestas sobre un lienzo.

“Las meninas” prestan la mejor oportunidad para hacerlo.

La obra fue terminada en 1656 y realizada en óleo sobre lienzo. Velázquez innovó en su composición la perspectiva aérea y hay tres fuentes de luz: una viene de la ventana derecha, otra del lado izquierdo y otra desde el fondo. Eso, en cuanto a los aspectos más técnicos —y los que parece los más sencillos—. Sin embargo, “Las meninas” van mucho más allá de estas cuestiones. A partir del asombro que provoca, cientos de teorías se han formulado.

 

La corriente realista, por ejemplo, representada por Stirling-Maxwell y Carl Justi interpretaba este cuadro como una escena cotidiana de la época. Estos historiadores veían en esta pintura una típica escena de la corte. Nada raro. Sin embargo, lecturas posteriores sostenían que Velázquez tenía conocimiento de cosmografía y astronomía y eso era reflejado en la composición de este cuadro. Incluso, otros teóricos sostenían que, si se miraba con atención, se encontrarían elementos esotéricos u ocultistas en ella. En contraparte, Charles Tolnay, historiador de arte, sostenía que se trataba de una especie de alegoría de la creación artística del pintor.

 

Mientras tanto, Foucault desde la filosofía y Jaques Lacan desde el psicoanálisis, dedicaron a este cuadro algunas reflexiones. El primero en Las palabras y las cosas, y el segundo a partir de El objeto del psicoanálisis. A decir verdad, estos estudios no son son lecturas contrapuestas, sino complementarias.

 

De manera general, Foucaut pone especial énfasis en el espectador, del cual dice:

 

«El espectáculo que él contempla es dos veces invisible; porque no está representado en el espacio del cuadro y porque se sitúa justo en este punto ciego, en este recuadro esencial en el que nuestra mirada se sustrae a nosotros mismos en el momento en que la vemos».

Si vemos el cuadro con detenimiento, veremos cómo el espectadores es mirado directamente desde todos los sujetos del retrato. Está ahí, percibido por todos. Una especie de sorpresivo visitante.

 

 

Por su parte, Lacan sostenía:

 

«Es pues, la presencia del cuadro en el cuadro lo que permite liberar el resto de lo que está en el cuadro de esta función de representación y es en esto que este cuadro nos capta y nos sorprende».

 

Lacan da una lectura desde el psicoanálisis y agrega a ellas concepciones propias de su pensamiento. Por ejemplo, sostiene que se trata del valor de demostrar la existencia de una especie de fantasma representado en el espectador.

Ambos, sin embargo, coinciden en que se trata de un juego de representaciones: lo representado y la representación en sí misma. La diferencia entre ambos reside, esencialmente, en el significado de las figuras de los Reyes. Para Lacan, ese cuadro es el sujeto del lienzo. Además, ambos cuestionan la acción de Velázquez. ¿Por qué se retrató a sí mismo en una pintura imposible de ver para el espectador?, ¿qué es lo que está pintando?

Según Luciano Luterau en El objeto A como mirada: la cuestión de la representación, para Lacan «la mirada es aquello que se contrapone al sujeto unificado de la perspectiva».

 

Mientras que para Foucault, el juego entre las miradas y la representación es una ejemplificación de aquello que no puede decirse; es decir, aquello que se invisibiliza de la escena y lo explica:

«Foucault considera el punto ciego de la visión, mientras Lacan radicaliza esta aproximación para pensar aquello que subtiende el campo de la visibilidad. Por eso su análisis considera fundamentalmente el componente lumínico del cuadro».

Se ve pues, cómo se trata de un momento de irrupción. Parece que el mundo está en pausa. Quizás es tal la razón por la que un áurea misteriosa rodea toda la escena. Tan misterioso que, todavía en nuestros días, Jonathan Brown —la autoridad más sobresaliente del pintor español, dijo para El País: «Es un cuadro muy audaz como reflejo de sus aspiraciones sociales. Pero todavía no he tocado el fondo de “Las meninas”. Es una obra que cada 25 años necesita revisarse y creo que me está llegando el turno de una nueva interpretación».

Es claro que entender “Las meninas” es sumamente complicado. Las lecturas que buscan hacer una aproximación a esta pintura no dejan de perderse entre sus propios discursos. Sigue siendo, a final de cuentas, una interpretación.

El arte es tal en tanto que no precisa de discursos teóricos —al menos no para su finalidad más primaria— si bien pueden estas interpretaciones convertirse en completamente necesarias para mirarlo desde otro ángulo y quizá descifrar un poco de su contenido.

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Fuente: Cultura Colectiva