Con el nombre del “Síndrome del Impostor” se conoce a un mal que aqueja a muchos. Tiene que ver con la incapacidad para disfrutar de nuestros propios logros o de llamar “éxito” a nuestras “conquistas”. Es una tendencia a criticar lo que hacemos con excesiva severidad, como si fuéramos un poco enemigos de nosotros mismos.
El término fue utilizado por primera vez en 1978, por las psicólogas Pauline Clance y Suzanne Imes. Precisamente, Clance había padecido este mal antes de definirlo. Dijo en una entrevista que: “Cada vez que hacía un examen importante tenía un miedo terrible de haber suspendido. Mis amigos se estaban empezando a cansar de mis constantes preocupaciones, así que decidí guardarme los miedos para mí”.
“La victoria y el fracaso son dos impostores, y hay que recibirlos con idéntica serenidad y con saludable punto de desdén”
-Rudyard Kipling-
En su consulta, ambas psicólogas notaron que muchos de sus pacientes sufrían de algo similar. Cuestionaban sus propios logros. Era como si no se sintieran merecedores de obtener un reconocimiento. Tan pronto como alcanzaban algo por lo que habían luchado, parecía como si eso no tuviera valor.
Quien tiene el “Síndrome del Impostor” experimenta un disgusto psíquico y emocional al momento de obtener un reconocimiento. Duda de la autenticidad del mismo. Quizás tenga cierta alegría inicial por haberlo logrado, pero pronto esta se transforma en desconcierto.
Los síntomas del “Síndrome del Impostor”
El “Síndrome del Impostor” no es tan fácil de reconocer. A veces se le confunde con una excesiva modestia o con una autocrítica sana. Sin embargo, hay algunos síntomas que lo hacen inconfundible. Estos son algunos de ellos:

La persona experimenta poca confianza en sí misma, en el ámbito académico y laboral. Curiosamente esto le ocurre a muchos “cerebritos”. Y a trabajadores exitosos. En el fondo, creen que si lo lograron fue por una confluencia de casualidades y no por sus capacidades.
No creen en sus habilidades. Les cuesta mucho trabajo asociar sus habilidades y sus logros. Si lo consiguen, se debe a que era “muy fácil”.
Creen que no merecen lo que obtienen. Siempre adjudican las causas de sus logros a razones externas a ellos. Les cuesta mucho admitir que tienen una virtud.
Sienten miedo por la fantasía de que engañan a los demás. Piensan que los demás no se han dado cuenta de que sus logros no obedecen a un merecimiento. Creen que los están engañando. De ahí el nombre de “Síndrome del Impostor”.
Tienen expectativas de fracaso. Sienten mucha angustia porque tienen la idea de que todo va a salir mal. No creen que puedan lograrlo.

Este tipo de personas también tienen una fuerte tendencia a ver todo en términos de blanco o negro. Si algo es bueno, no debe mostrar ni el más mínimo error. Debe ser impecable. De lo contrario, es malo. Son tan exigentes sus requisitos que por eso nada se ajusta a ellos.
Un mal de muchos
La doctora Valerie Young señala que 7 de cada 10 personas han experimentado el “Síndrome del Impostor”. También indica que se presenta en dos niveles: en algunos casos es algo temporal, que cede con el tiempo y no deja huellas. En cambio, en otros casos se trata de una condición que va empeorando paulatinamente. Los afectados llegan incluso a paralizarse emocional y socialmente por miedo a que su supuesta identidad secreta sea revelada.

Lo más común es que el “Síndrome del Impostor” tenga su origen en una estructura familiar poco adecuada. Quizás durante su infancia estuvo sometido a unas exigencias muy fuertes o fue sometido a una educación demasiado restrictiva que le generaba fuertes sentimientos de culpa o la creencia de “estar en deuda”. Esto también pudo ocurrir en la escuela o en otros ambientes a los que se estuvo expuesto durante la infancia.
La forma como este “Síndrome del Impostor” repercute en la vida es incierta. A veces las personas se convierten en trabajadores exagerados. Le invierten muchísimo tiempo a cualquier tarea, para demostrar que sus logros son fruto del trabajo arduo y no del azar. A veces hay tanta angustia que la persona posterga todo lo que debe hacer, por miedo a obtener un logro. Y con ese logro, un nuevo sentimiento de culpa.
Esta condición psicológica refleja un problema de narcisismo. Hay una expectativa tan alta con el “yo” que nada la satisface. Se lucha por objetivos elevados, esperando conseguirlos en términos perfectos. Y como eso jamás se logran, aparece la angustia y la culpabilización. Quizás trabajar por ser un poco más humildes sea lo más adecuado y aprender a reírnos un poco de nosotros mismos, especialmente cuando nos equivocamos.

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Imágenes cortesía de Christopher Ryan McKenney
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