Autores como Daniel Goleman o Howard Gardner tienen un concepto de lo espiritual que va más allá de lo religioso e incluso de lo cognitivo. Hablamos de esa necesidad por alcanzar un conocimiento más profundo y sensible de nuestra realidad, ahí donde vernos a nosotros mismos como parte de un todo, donde alcanzar un bienestar más elevado y alejado del ego, de la fijación por lo material.
Desde tiempo inmemoriales la humanidad ha buscado siempre trascender a todo lo que nos es cotidiano y ordinario. No hablamos solo de esa clásica necesidad por tener contacto con lo divino, de esas prácticas religiosas con las que pedir la lluvia a cambio de una ofrenda, de clamar ser sanados, perdonados o bendecidos con la suerte o la fortuna. Hablamos ante todo de esa necesidad del ser humano por alcanzar una “segunda realidad” con la que evadirse, con la que hallar la calma, la auto-realización o incluso por qué no, la sabiduría.
“El secreto de la salud física y mental no es llorar por el pasado, preocuparse por el futuro o anticipar problemas, sino vivir el momento presente con sabiduría y seriedad”-Buddha- Compartir
Los neurólogos llaman a esta necesidad consciencia egoica o consciencia límbica. Porque, más allá de lo místico, hablamos de una serie de emociones y de procesos mentales muy concretos de los que nuestro nuestro cerebro es el responsable. No queremos restar con esto valor alguno a la religiosidad o a la espiritualidad como tal. Hablamos sobre todo de una realidad que está ahí, en nuestro cerebro y en una serie de estructuras que al ser estimuladas generan cambios puntuales en nuestra percepción, en el modo de sentirnos y de percibir nuestro entorno.
Tanto es así, que neurocientíficos como Andrew Newberg, autor del libro “Principles of Neurotheology” han demostrado que el cerebro de los monjes budistas, acostumbrados durante años a practicar la meditación, muestran un menor envejecimiento neuronal, mayor capacidad de memoria y retención e incluso una mejor resistencia a la sensación del dolor.
El llamado “cerebro espiritual” es en la actualidad origen de múltiples investigaciones. No se trata de “buscar a Dios” en el cerebro, no se trata tampoco de avalar o criticar la práctica de cualquier tipo de religión o doctrina. Lo que se pretende con esta ciencia es entender cómo impacta la espiritualidad como tal en nuestra mente y en nuestra salud física y emocional.

La inteligencia espiritual
Resulta curioso que dentro de la hipótesis de las inteligencias múltiples enunciada en 1983 por Howard Gardner, profesor de la Universidad de Harvard, se valore ya introducir una “novena inteligencia”, la llamada inteligencia “existencial”, íntimamente vinculada al concepto de lo espiritual y que quedaría definida por los siguientes principios:

La capacidad de pensar en temas abstractos.
Poder reflexionar sobre uno mismo (metareflexión).
Ver el mundo desde otras perspectivas.
Adquirir una idea del universo y de nuestra situación en él.

Cabe señalar, tal y como afirma el filósofo Francesc Torralba, que “la inteligencia espiritual no es la consciencia religiosa”. Se trata más bien de ver la espiritualidad como una herramienta con la que poder trascender a nuestra propia realidad, partiendo siempre desde el propio auto-conocimiento y teniendo presentes el resto de saberes.
No es fácil, queda claro, porque para desarrollar esa inteligencia existencial de la que nos habla Howard Gardner es necesario en muchos momentos, ya no solo tolerar, sino querer la soledad. También sería recomendable utilizar otros recursos a nuestro alcance, como la filosofía, el diálogo socrático con uno mismo, la meditación y el complejo arte de vivir de forma consciente, apreciando el “aquí y ahora”.

El cerebro espiritual y la neurociencia
Existen estructuras en el cerebro, que al ser estimuladas, pueden generar en nuestra mente experiencias místicas. Este es un dato que conocemos desde hace tiempo y que tiene mucho que ver con los estadios alterados de consciencia y con algunas alteraciones del lóbulo temporal, el hipocampo o la amígdala. En ocasiones, basta con estimular eléctricamente estas zonas para tener visiones, para experimentar determinadas sensaciones y experiencias similares a las que pueden sentirse al tomar LSD.
“El viaje espiritual es individual, personal. No puede ser organizado o regulado. No es cierto que todos deben seguir un camino. Escucha tu propia verdad”-Ram Dass- Compartir
Ahora bien, en el interesante libro del fisiólogo Francisco Mora, “Neurocultura, una cultura basada en el cerebro” nos explica algo que sin duda va un poco más allá. Según él la espiritualidad está muy ligada a la cultura, a nuestro acercamiento hacia lo que un tipo de práctica, de principios filosóficos y religiosos pueda ofrecernos para conocernos mejor, para ejercer un cambio, para adquirir una serie de conocimientos más trascendentales y enriquecedores en un momento dado de nuestra vida.
La espiritualidad y su práctica tiene mucho que ver con nuestra curiosidad natural, con nuestra motivación, con la necesidad de canalizar emociones como el miedo, la ansiedad, la sensación de soledad, el estrés y, por qué no, el vacío existencial. El ser humano busca no solo bienestar interno, calma mental y sanación emocional, sino también significados a un mundo que por lo general tiene más preguntas que respuestas.

La neurociencia, claro está, no acepta la existencia de entidades sobrenaturales. Busca ante todo entender nuestras motivaciones para practicar actividades que producen calma y bienestar, como es el yoga o la meditación. Actividades que liberan dopamina en nuestro organismo, aumentan la conectividad de la corteza prefrontal o potencian nuestra plasticidad cerebral.
Las “tecnologías espirituales”, como así las llaman los expertos, están en auge. Se está abriendo por tanto un camino muy interesante entre lo científico y lo espiritual para entender sus beneficios, para comprender esos procesos internos que sin duda van más allá de cualquier doctrina o religión.
Lo que se pretende con esta idea de la espiritualidad o de lo existencial, como lo define Howard Gardner, es alcanzar un sentido de la propia identidad más profundo. El objetivo no es otro que el de iniciar un viaje de auto-descubrimientos en busca de la felicidad, de la plenitud personal.

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Imágenes cortesía Cameron Gray
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